Error en campos brillantes
... A menudo, me debato entre las ideas de si infravaloro mi capacidad o si, sencillamente, soy demasiado vaga para ciertas hazañas. En cualquier caso, me resultaba tan atractiva la idea de verme sola toda la jornada, deambulando por los diferentes pueblos de la zona, que me daba un poco igual la auténtica motivación de mi decisión de no subir.
Tras pasar por la Oficina de Turismo de Villablino, donde nos alojábamos, caminé hacia el hotel para recoger el coche rumbo a Lumajo, que había sido declarado el pueblo más bonito del valle de Laciana ese mismo año.
Pasé junto a una de esas marquesinas que se emplean en los pueblos para publicar las esquelas de los fallecidos recientes y las misas de aniversario. Reconozco una atracción, no sé si morbosa, hacia esos carteles. Me suelo fijar en la edad (“91 años, bueno, no está mal, parece una vida larga”), en los nombres y apellidos, descubriendo algunos muy curiosos. En aquella ocasión, más que curioso, el nombre me resultó estremecedor, pues era el mío:
Rocío López Trejo
Falleció el 15 de julio de 2022
Petrificada, traté de encontrar alguna explicación convincente, tal vez una simple coincidencia de nombres y apellidos. Aún había otro detalle que me descuadraba. Consulté el móvil para confirmar la fecha actual: 14 de julio. Mi muerte se anunciaba con un día de adelanto.
¿Una broma pesada? Pero de quién, si habíamos llegado el día anterior al pueblo y no me parecía que nadie en el grupo de montañeros pudiera tener un humor tan negro.
En ese momento, me vino a la mente aquella conversación de unos meses antes:
—Se acabó, es hora de irse.
—¿Cómo? Pero si no he hecho más que empezar, si aún me quedan mil cosas por hacer, tengo proyectos que emprender, tantos lugares que visitar…
—Has tenido suficiente tiempo, ya ha llegado el final, no hace falta que recojas, ya sabes que a donde vamos no necesitas NADA de lo que tienes aquí.
Y el ángel me tendió su mano y me pidió que le acompañara.
Me desperté de golpe, abrumada y con el corazón acelerado. Sentía una mezcla extraña de curiosidad, por saber —por fin— qué había después de esta vida, y de angustia, por pensar que todo terminaba.
Después de un rato tratando de relajarme, volví a dormirme. Y el sueño continuó. El ángel era bellísimo, desprendía una luz brillante y emanaba una paz y una confianza que me invadían por completo. Pero decir adiós a todo, a todo mi mundo conocido, a todas las personas que quiero, era demasiado duro.
—Por favor, déjame quedarme un poco más.
Parecía una niña pequeña pidiendo un ratito más de juego y, en cierta forma, así era. Pero había algo más, estaba esa sensación de “cuento inacabado” y, sobre todo, la sensación de abandonar a mis seres queridos.
—Dame una razón para quedarte. —Su voz sonaba firme, seria, comprometida.
—Me quedan tantas cosas por hacer.
—Por mucho que vivas, siempre te quedarán cosas por hacer.
—Pero no son “cosas” sin más, se trata de mi huella, de mi legado. Si me voy ahora, en realidad, ¿qué habré dejado en el mundo?
—¿Y qué has estado haciendo todo este tiempo?
Me paré a pensar en la respuesta. Estuve largo tiempo callada, no sé cuánto porque había perdido toda noción de “realidad”. Me sumergí en la película de mi vida y estuve observando, escuchando, sintiendo.
Es extraño comprobar qué cosas aparecen en nuestra memoria cuando miramos atrás. De repente, surgen detalles nimios, objetos casi olvidados, escenas intrascendentes que, solo por mirarlas con la nostalgia de quien cree estar despidiéndose, adquieren un matiz de relevancia, como mis juegos de pequeña con mi hermano cuando nos tumbábamos cada uno en un extremo de la cama y juntábamos nuestros pies, haciendo la bicicleta, tratando de desestabilizar al otro. Necesitaba un rato más con él, llevábamos mucho tiempo sin hablar de verdad, sin “hermanear”. ...