aguas, no tan simplemente aguas
Acaso un deseo, acaso el susurro impertinente de un poema que llega como el viento, o acaso una pregunta que conmueva nuestros cimientos. Esta, por ejemplo: “¿qué nos sostiene/ cuando las aguas fluyen y las palabras son insuficientes?”. No lo sabemos y quizás sea a falta de respuestas que la escritura adviene como un gesto, un movimiento que ensaya un precario equilibrio para evitar la caída: un salto, un sutil ademán que posibilite seguir la marcha.
Como este poema, por ejemplo. ¿Acaso no lo vemos balancearse como flotando sobre la certeza de su imposibilidad? Dice: “Asir el agua con las manos,/ con las palabras, con las imágenes” sabiendo, sin embargo, que el agua es algo que no se puede retener. Al menos no con las manos, no con las palabras, tampoco con las imágenes. Y si se escribe, pese a todo, como quien salta para trasladarse y abrirse al juego de las travesías y los desvíos que repiten en ecos, tan retóricos como gimnásticos, los movimientos ondulantes y nunca lineales que enseña el agua, es porque reconoce que, en esa imposibilidad de hacer caber literalmente litros en letras, ríos en líneas o lagunas en los cuencos de las manos, se juega la única chance de salvar al poema del ahogo.
Quiero decir, si Aguas, no tan simplemente aguas precisa (de) esta diferencia (¿cómo decirlo?, ¿de espesuras, de superficies, de densidades materiales?), insisto, si la necesita tanto como la especifica (al recorrerla, sondearla y anotarla); esto es, si su escritura habita en esta no coincidencia, en esta inequivalencia entre aguas, imágenes y palabras es porque se hace allí un lugar en la existencia como lo que es: una singular manera de pensar, de pesar, de sopesar, en suma, de sostener el equilibrio y aproximarse así, a la extrañeza que la conmueve como quien festeja el encuentro con una belleza tan desmesurada como indisponible para nosotros.
Quizás se trate de una suerte de arrojo, de un salto abismal. O, mejor, ABISAL, como dice el poema, subrayando con esa asimetría gráfica que asomarse a las profundidades insondables de lo extraño conlleva siempre el peligro potencial de quedar petrificadas ante la fascinación por el misterio de la sal inagotable que pareciera alojarse, al menos en latencia, en el abismo que custodia lo distinto. Misterio que no podemos ni representar ni explicar, ni siquiera con la palabra “misterio” que –como dijera Zelarayan– ante su presencia se comporta “como una gota que se evapora enseguida” (2009) sin decirnos nada de la ansiedad que genera ese blanco anonadante que haríamos mal en llamar inefable. Y sin embargo, aún persiste la pregunta por qué tipo de ¿hospedaje, de reenvío? tipográfico u ontológico pone en juego una palabra como esa, así, dispuesta como está en el espacio de la página. Insistamos. “ABISAL” dice el poema; pero también “mediterráneo”, pero también “blancura” y así. ¿Acaso las líneas asimétricas de las letras que componen estas palabras mapean con sus saltos de superficie las distancias del paisaje que el poema sondea con sus acrobacias retórico-visuales? ¿Serán formas de subrayar en ellas las huellas de las materias heterogéneas que las habitan, así como se marcan “en arabescos las conquistas del poder” “sobre la cal que baña el suelo”? Con el solo objetivo de permanecer un tiempo más en la pregunta, sin afirmar ni negar nada, traigamos para el caso, ese poema de Padeletti que dice “Como es,/ entonces, que la espera es pera,/ que esfumar es fumar, que espuma es puma/ son misterios, no juegos de la pluma,/si todo es todo en todo lo que es:/ la escala es cala, hay cal en la escalera, /vela es novela, este verano es Jano/ y el destino la palma de la mano” (1991).